lunes, 19 de marzo de 2007

¿SOMOS TODOS IGUALES EN LA IGLESIA?


“Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo” (canon 208)

En esta ocasión echaremos un vistazo al c. 208 que explica muy bien el c. 204 al que hemos dedicado nuestra atención últimamente. Estos cánones están sacados, casi literalmente de dos textos conciliares: Lumen Gentium 32 y Gaudium et Spes 49, 61. El cano quiere ser la traducción a lenguaje jurídico de la idea que tiene la Iglesia sobre sí misma. Pero vayamos a los textos del Vaticano II y admiremos su riqueza en tema tan importante, la igualdad de los files en la Iglesia:

“Por designio divino, la santa Iglesia está organizada y se gobierna sobre la base de una admirable variedad” (LG. 32). Ya tenemos dos elementos a destacar; la variedad de condiciones y vocaciones en la Iglesia ha sido querida por Dios, y que el gobierno también es de institución divina. Esto quiere decir que en estas cuestiones la Iglesia no tiene potestad de cambiar nada. Las voces que surgen siempre sobre la necesidad de democratizar el gobierno, con la idea errónea de hacerlo más participativo, no tienen claro que la constitución jerárquica de la Iglesia le viene dada por Dios y no como un simple resultado de la organización humana.

Cuando San Pablo comparó a la Iglesia con el cuerpo introdujo un concepto nuevo de entender el poder, este como servicio. La diversidad de miembros unidos por una compleja red de relaciones de necesidad, hace que el cuerpo viva y desarrolle todas sus capacidades. Cuando el cerebro gobierna las funciones de cada parte del cuerpo, no lo hace con interés propio, ni despóticamente, sino que gobierna en pos del bien común. Genial fue la idea paulina de pensar la Iglesia de esta manera.

“Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo” (LG,32c). Dos temas a destacar de esta frase conciliar: la dignidad de todos los fieles y la regeneración en Cristo. Hay en la Iglesia una verdadera igual de todos sus miembros en virtud de su dignidad, pero estoy muy seguro que hablamos mucho de ella pero poco sabemos en qué consiste. La dignidad a la que se refiere el texto hace referencia a la adopción filial recibida en el bautismo. En virtud del sacramento Dios nos hace hijos suyos. Parecen palabras ya conocidas, pero nunca tomadas en serio. La dignidad humana no es un elemento externo a él, sino que le viene dado desde el miso momento de la creación, porque Dios ha querido crearnos “a su imagen y semejanza” (Gn 1,26). Además hechos sido hechos partícipes de la muerte y resurrección de Cristo y por tanto miembros de su cuerpo. Pero nuestra dignidad radica fundamentalmente en que “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios” (GS. 18). Bellamente lo explicaba Santa Catalina de Siena: “¿Qué cosa o quién, fuel el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar de tu Bien eterno” (Diálogo 4,13).

El Concilio ha elencado los términos de dicha igualdad: “… común la gracia de la filiación, común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad” (LG. 32c), creo que con estas palabras tenemos suficiente información al respecto.

Vamos a detenernos por ahora en este punto, nos quedan en el tintero varios asuntos de este canon: La igualdad de la acción de los fieles en la Iglesia, la propia condición y oficio y la cooperación en la edificación del Cuerpo de Cristo. Temas estos que trataremos en la próxima oportunidad.

domingo, 25 de febrero de 2007

EN PLENA COMUNIÓN CON LA IGLESIA


Abordaremos un tema que cobra cada vez mayor actualidad en medio de esta sociedad post-moderna que vive el cristianismo como si sólo fuera un barniz exterior, con el cual se pude hacer algún tipo de trato para dar realce a algunas celebraciones (los bautismos y las bodas) o para de vez en cuando ir a despedir a una familiar o algún amigo (funerales) o simplemente para ir a visitar sus templos como si fueran museos o se han vuelto espectaculares saleas de banquetes, como sucede con muchas capillas de antiguos monasterio que han caído en manos de “particulares”; en fin, todos conocemos de sobra lo que pasa en nuestro tiempo.

Adentrémonos en el canon 205. Os invito a leer el texto muy despacio, veréis como afloran inmediatamente los temas de los que hablaremos hoy: “Se encuentran en plena comunión con la Iglesia Católica, en esta tierra, los bautizados que se unen a Cristo dentro de la estructura visible de aquélla, es decir, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos y del régimen eclesiástico”.

Lo primero que salta ala vista son dos palabras que hay que entender muy bien PLENA COMUNIÓN, son ellas la clave de interpretación de todo el texto del canon. Muchos ya se preguntarán ¿qué significa estar en plena comunión? Plena, completa, llena; lo contrario de parcial, incompleto, vacío. La unión con Cristo exige que nuestra vinculación con su cuerpo sea de esta manera. No se puede estar dividido o tener reservas. En este punto si que no hay término medio, o se es o no se es. La comunión ha sido muy mal entendida, sobre todo después del Concilio. La comunión en la Iglesia va mucho más allá que una simple adhesión afectiva, al contrario, involucra todo nuestro ser, intelecto y voluntad. Estos tres elementos debes coincidir unánimes en la unión que es común unión. Así lo ha querido Dios, que caminásemos unidos en un “pueblo”, no separadamente, cada uno por su lado buscándose la vida, sino pensó en la Iglesia como una unión de personas concretas, servidas por al jerarquía y alimentada por los dones sagrados del Espíritu Santo.

Algunos pensarán que está íntima unión debe ser con Cristo y no con un instrumento tan frágil como lo es la Iglesia. Pero San Agustín nos ayuda a clarificar este concepto cuando dice “…la Iglesia nada puede hacer sin Cristo, pero Cristo nada quiere hacer sin su Iglesia”. Por tanto es voluntad divina que los cristianos expresen, por decirlo de alguna manera, su unión con la cabeza, a través de la “Iglesia católica, en esta tierra”. Es una Iglesia concreta, no es una idea abstracta, sino que está “en esta tierra”, a través de personas concretas, de instituciones concretas, en una palabra, que se puede ver, sentir y oír. No hay que olvidar que también existe la Iglesia del cielo, aquellos hermanos nuestros que nos han precedido en el “signo de la fe”.

Todo lo anterior ha enmarcado muy bien lo que viene a continuación, que puede sonar a algo organizativo: dirá el canon que se encuentran en plena comunión con la Iglesia católica, en esta tierra, “los bautizados”, por tanto, tenemos aquí ya el elemento constitutivo, lo que configura y da consistencia a la comunión eclesial: el sacramento del bautismo. Quiero que nos demos cuenta de una cosa muy importante, en canon no distingue en este momento los diferentes “modos” de ser en la Iglesia, es decir clérigos, laicos y religiosos, sino que se refiere a todos por igual. La exigencia de la comunión plena no es mayor para algunos y algo atenuada para otros. Por el bautismo todos estamos llamados a hacer unir nuestra inteligencia, voluntad y afectividad a Cristo, a través de una “estructura visible”.

Concluye el canon describiendo cuales son los elementos de esa “estructura visible antedicha.:El primero de ellos la PROFESIÓN DE FE, es vital para el cristiano la comunión en lo que cree y para ello la Iglesia a través del Romano Pontífice, le brinda un servicio de garantía, es decir, que la Iglesia, a través del papa y de los obispos, garantizan a cada cristiano de cualquier tiempo y de cualquier cultura, que lo que le ha enseñado a través de la instrucción catequética, es conforme a la verdad revelada por Dios en la Escritura. Los SACRAMENTOS. Signo visible de la unión con Dios, los sacramentos expresan la fe antedicha. Por tanto, no puede haber un católico que diga que vive la fe de la Iglesia expresada en la profesión de fe y que no viva los sacramentos. Es una contradicción “in términis” es decir en sí misma. Los sacramentos, y aclaro TODOS los sacramentos, son necesarios para la salvación. Por tanto no pueden surgir dudas sobre la necesidad de celebrar cada uno de ellos, en el momento conveniente y necesario. Y por último el RÉGIMEN ECLESIASTICO. Decía San Juan de la Cruz, “para ir a donde no se sabe, hay que ir por donde no se sabe”. Por eso la Iglesia es Madre y Maestra, decía Juan XXIII. SI vamos a donde no sabemos, necesitaremos a alguien que nos indique el camino. La iglesia nos presta este servicio a través de sus normas. Ella no quiere ser más que la concretización de la voluntad de Cristo, de conducir a todos al padre.

En conclusión. Un cristiano no puede vivir plenamente la comunión en la Iglesia cuando no se apoya en este trípode sobre la que se apoya. No son auténticas, por tanto, aquellas expresiones que se oyen con frecuencia: Cristo si la Iglesia no, o yo creo en Dios pero no los curas, o esta otra que es del todo inaceptable: yo soy cristiano, pero no practicante, es decir no voy a misa ni frecuento los demás sacramentos. Viviendo así nuestra la salud de nuestra vida interior corre serios riesgos. Cristo ha querido que vivamos unidos a la Iglesia, ya que ella es en el mundo “como un sacramento de salvación” (Lumen Gentium 1).

jueves, 18 de enero de 2007

LA MISIÓN DE LA IGLESIA


En el siglo XIX, un autor protestante Rodolph Sohm, sostenía su teoría de la inconveniencia del Derecho en la Iglesia sobre dos premisas: la primera: una valoración autónoma de la libertad humana: nadie puede intervenir en la relación personal y privada de Dios con cada persona. La fe, vista así, se convierte es una relación intimista entre Dios y yo, sin ninguna connotación comunitaria, por tanto no cabe en este tipo de Iglesia ningún ordenamiento externo que imponga comportamientos ajenos a la propia conciencia. La segunda: una concepción demasiado positivista del derecho, es decir, el ordenamiento canónico no es más que una invención humana sin ningún sustento en la Revelación.

El lector se preguntará ¿y para donde van con todo esto? La respuesta es muy sencilla: los que piensan que el Derecho Canónico sólo es una tediosa y desespiritualizada forma de estudiar la legislación vigente de la Iglesia, se equivocan del todo. Para daros una pequeña muestra, vamos a dar un pequeño paseo por algun canon, que a nuestra humilde opinión, son unas perlas tanto por la belleza de su composición como por la profundidad del contenido.

El canon 204 parágrafo 1 ofrece una definición concreta y precisa sobre lo que es un fiel cristiano; dice el texto: “Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios, y hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo”. Si leemos atentamente el texto, saltan a la vista inmediatamente algunos de los grandes temas de la Constitución Dogmática, Lumen Gentium del Concilio Vaticano II: La Iglesia como Pueblo de Dios, el sacerdocio común de los fieles.

Libro II del Código, al que peretenece este canon tiene un título muy sugerente: Del Pueblo de Dios y sigue a los riquísimos textos de la Lumen Gentium Nos. 9 – 17. Si el lector quiere deleitarse con una lectura atenta de los textos conciliares, no perderá el tiempo. Bástenos por ahora elencar algunos trozos que de alguna manera inspiraron la composición del canon en cuestión.

“…fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente…” (LG. 9);

“Los bautizados, en efecto son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezca sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz…”(LG.10);

“Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana y, regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia” (LG:11).

El canon empieza diciendo “Son fieles cristianos quienes, INCORPORADOS a Cristo…” Tenemos aquí ya un criterio de pertenencia, se es fiel cristiano por un admirable designio de Dios que ha querido unirnos a su Hijo. IN-CORPORADOS; la palabra en sí misma ya es sugerente, somos hechos cuerpo. San Pablo desarrollará esta idea del cuerpo de Cristo (1Co 12,12-29), pero fijemos nuestra mirada en el 1Co 12,27: “Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno a su modo”. No es por tanto una invención del Concilio, ni un juridicismo de la Iglesia cuando se afirma, que por el bautismo se pertenece a la Iglesia de Cristo, que es su cuerpo. Esta incorporación no es un acto privado entre el sujeto y Dios, sino que se integra en una comunidad de fieles que se constituyes unos miembros de otros.

“…Se integran en el Pueblo de Dios…” El concilio ha delineado una nueva manera de ver el rostro de la Iglesia. Aunque la imagen del Pueblo de Dios hunde sus raíces en el AT, su utilización en la eclesiología trae consigo connotaciones teológicas muy importantes: Ya no se piensa tanto la Iglesia como una “sociedad perfecta”, y por tanto estratificada según el “modo” de ser en la Iglesia, sino que se subraya la “igualdad radical”. Esto no quiere decir la desvirtualización del carácter jerárquico de la Iglesia, Dios nos libre. Esto quiere decir que todos los fieles: clérigos y laicos, compartimos una igualdad en la raíz: Por el BAUTISMO somos todos INCORPORADOS a Cristo y miembros del único pueblo de Dios, que es su Iglesia, más concretamente, somos todos iguales en DIGNIDAD y ACCIÓN.

“…y hechos partícipes A SU MODO por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición…” Se aborda aquí el importantísimo tema del sacerdocio común de los fieles. Será tema de otro artículo; baste por ahora sugerir al lector se remita al número 11 de la Lumen Gentim, allí encontrará claramente expuesto lo que piensa la Iglesia al respecto. Pero si queremos subrayar dos aspectos: el texto dice “cada uno”, individualiza la participación del fiel en este sacerdocio bautismal, no es una característica de algunos pocos, sino que involucra a todos los bautizados, no importando su condición social, ni si estrato económico, ni si es hombre o mujer, etc. Dios ha querido la diversidad en su pueblo. Diversidad de culturas, de razas, de colores y ha querido hacer partícipe a cada uno de este don inmenso del bautismo. No somos, por tanto, en la Iglesia un número anónimo, ni una masa informe, cada uno de los miembros es querido y pensado por Dios en su designio salvífico. Otro aspecto que quisiéramos remarcar es aquello de “según su propia condición”, se incluye aquí un criterio diferenciador, esto quiere decir que hay diferentes “condiciones” de pertenecer a este pueblo, nos encontramos con la diferencia esencial. El Ministerio ordenado se diferencia ESENCIALMENTE del sacerdocio común de los fieles y no sólo en grado. El número 32 de la ya citada Constitución Dogmática explicará bellamente esta diferencia, a ella nos remitimos.

Y por último termina el texto del canon señalando que “…son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo”. Por tanto, la pertenencia de cada fiel a la Iglesia no se realiza exclusivamente para su propia salvación personal, como un seguro de vida, o como la única tabla de salvación. El bautismo implica para el fiel cristiano una misión que cumplir, no se bautiza a alguien para sí mismo; el cristiano es un ser en misión. Y esta misión no es encomendada en virtud de los méritos personales, sino que mira a cumplir aquel encargo recibido en el monte de la Ascensión: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…” este mandato lleva en si una promesa, que es lo que garantiza que esta misión no es invento de la Iglesia: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,16ss).

viernes, 5 de enero de 2007

EL LUGAR DEL DERECHO CANONICO

"...muchas veces se ha perdido y se pierde de vista que el Derecho Canónico pertenece como un valor al contenido de la fe y que por eso sólo puede afrontarse correctamente manteniéndolo dentro del ámbito del método propio de la teologia, para la cual el objetum quo es la revelación"

La frase anterior está tomada del libro "Teologia y Derecho" de Antonia Maria Rouco Varela, esta formulada como una pregunta ante la crisis del Derecho canónico, suscitada en la etapa postconciliar. Durante un buen periodo de tiempo muchos teólogos y canonistas se preguntaban sobre el fudamento sobre el cual se podría justificar la exietencia de Derecho en la Iglesia, siendo esta una institución carismática, el derecho, el ordenamiento, puede que no tenga una cabida legítima.
Pero la Iglesia, además de hacer presente la acción salvífica de Cristo en los hombres del siglo, también tiene un componente humano. Pero me resisto a acudir a la tesis de algunos sobre el carácter societario de la Iglesia, para justificar el derecho. Algunos teólogos y canonistas han caido en la tentanción de acudir a ciencias ajenas a la teología para poder explicar sus conceptos mas internos, puede ser por el temor siempre latente de no ser entendidos con claridad.
"Mundanizar" la teología es una tentanción que un buen teologo sabe evitar para no desvirtuar la riqueza del mensaje cristiano, ni siquiera con interses metodológicos. Lo mismo sucede con la ciencia canónica. No es necesario importar de otras ciencias criterios de interpretación ni mucho menos justificantes de teorias. Nada mas peligroso.
El Derecho Canonico tiene un "habit", un lugar vital en el que se desarrolla y solo allí se entiende y se plenifica su contenido, creo con alguna certeza que desvincular al Derecho Canónico del ámbito teológico se puede conciderar una alta traición a su naturaleza y fines. Por tanto, señores canonistas, no nos salgamos de nuestro lugar propio y las cosas marcharán muy bien.
Los contenidos de la fe, tutelados por las normas concretas del derecho vigente deben ser el objeto de estudio del canonista en los tiempos que corren, para aplicarlos en la vida eclesial concreta. Con un método propio, pero con contenidos cuya fuente sea ala Revelación, así ha sucedido en la larga historia del Derecho en la Iglesia.

domingo, 24 de diciembre de 2006

Feliz Navidad

Siempre que llegan estas fechas afloran en nosotros los mejores deseos de felicidad y paz, pero no se hasta que punto somos concientes del verdadero valor de la fiesta que estamos a punto de celebrar. Creo que muchas veces sólo nos dejamos llevar por el ambiente festivo que nos rodea. Desafortunadamente los que viven de manipular los sentimientos a través del mal uso de los medios de comunicación, han sabido aprovecharse de las circusntancias para alimentar el deseo consumista de estas fechas. Pero no quiero convertirme en un revolucionario sin causa. Sólo quiero reflexionar sobre dos hechos importantes: Primero, no celebramos un cumpleaños, celebramos un acontecimiento y segundo, esta fecha busca que tomemos conciencia sobre el misterio de la Encarnación.

Mis lectores estarán enterados de que esta fecha no pretende ser los festejos del cumpleaños de Jesús, si se entiende así como un recuerdo de algo sucedido hace unos cuantos siglos. Baste decir que no conocemos con exactitud la fecha de naciemiento de Cristo. Nuestra mentalidad occidental, heredera de la escuela racionalista griega nos obliga a pensar que el tiempo pasado solo puede ser recuperado a través del recuerdo, que es una operación de la mente que rememora lo ya sucedido, pero los son ya inexistentes. Lo que la Iglesia quiere que hagamos al prepararnos a través del tiempo de Adviento y la Navidad es algo bien distinto.

La liturgia nos invitará a pasar del recuerdo al memorial. Esto es lo que el pueblo de Israel hace cuando celebra la pascua "memorial de nuestra salida de Egipto". Este "MEMORIAL" no es un mero recuerdo del acontecimiento salvífico (Dios abrio en dos parte el mar y pasaron a pie, salvándoles de las manos del Faraon, rey de Egipto) sino que reactualiza lo sucedido, que en términos cristianos es la gracia de la salvación. El memorial del naciemiento del Salvador es hacer presente la intención salvífica de Dios, que no se ha quedado indiferente ante el sufrimiento humano, sino que compadecido tiende una mano "para que te encuentre el que te busca".

Dios se ha hecho hombre. Este es el misterio. En Cristo, la divinidad ha asumido nuestra naturaleza, débil, necesitada, mortal. Asumió nuestra naturaleza realmente, se hizo hombre como nosotros y no aparentemente como decían algunos al inicio de la era cristiana. Ninguna religión puede entender este misterio, Dios que se hace hombre. Dios puede tomar figura de hombre, pero nunca se rebaja a tomar esta miserable condición mortal. Pero el cristianismo pone ante nuestros ojos a Dios mismo. Por tanto la divinidad tiene en Cristo un rostro cercano, un rostro de hombre.

Lo anterior nos pone ya en caminado de lo planteado como segundo aspecto de esta pequeña reflexión. ¿somos concientes del alcance el misterio de la encarnación en nuestra vida? Dios se encarna, se hace carne, mortal, como nosotros mismos. Pero su "kénosis" no se quedó en el pasado de haces dos siglos, sino que se actualiza en la vida de la Iglesia. Ella es la encarnación permanente de Cristo en la historia. El trabajo de la santidad será pues configurarnos cada vez más con Cristo, para que su rostro humano resplandezca en nuestro siglo. Volver a Cristo secular, en este tiempo, es el trabajo de la Iglesia, que camina al lado de los hombres "entre luces y sombras". Que los hombres decubran en el rostro mortal de la Iglesia la cara amorosa de Dios, Inmortal.

Mis deseos para todos los amables lectores se resumen en esto mismo, que los hombres que nos vean, que entren en contacto con nosotros, vean a Cristo, que ama hasta la locura a cada hombre y mujer de nuestro tiempo. Dios no se queda indeferente ante los sufrimientos de la historia, Dios se encarna cada día para nosotros en el Misterio Eucarísitico. Feliz Navidad

domingo, 17 de diciembre de 2006

Las Escuelas


Después de clausurado el Concilio Vaticano II surgieron en la Iglesia varias corrientes que se cuestionaron sobre lo conveniente que era la existencia de derecho en la vida eclesial. Muchos se preguntaron si no era traicionar la idea fundacional de Cristo, ya que la Iglesia es escencialmente carisma. Lo "institucional", lo organizativo, lo jurídico, no tenía sitio en esa Iglesia espiritual. Un escritor protestante, de cuyo nombre no me acuerdo ahora, pero si estoy seguro de su nacionalidad, era alemán, alentó con sus escritos la postura anteriormente descrita.

Así las cosas, aparecieron en las universidades de tradición cristiana diversas formas de ver el derecho en le Iglesia: En Alemania, la escuela se que se suele llamar de Münich, o de Mónaco de Baviera, con el conocido canonista Claus Mördorf y en España, el Cardenal José María Rouco Varela. Ellos han tratado de definir el Derecho Canónico desde el punto de vista sacramental. El DC será pues, una ciencia teológica con método jurídico. Por otra parte la escuela llamada de Navarra, ellos defiende la tesis de que el Derecho canónico es eso precisamente, derecho y se basa en el principio de JUSTICIA, por tanto debe ser tratado como verdadero derecho, con sus leyes y método propias, sin mezcla con la teología.

A lo largo de toda esta historia, muchos han tomado posiciones. Pero quiero dejar claro que no se trata de simples discusiones bizantinas, nada más lejos, se trata de mucho más que eso. Habría que tomar posición por una visión de Iglesia. La eclesiología juega aquí un papel muy importante. Y todos sabemos que si marcamos mucho las tintas en algún aspecto de la Iglesia, eso influirá en toda el camino que esta adopte. Por tanto, el tema es importante. Mucho hay en juego.

Yo tengo que manifestar mi cercanía con la escuela de Münich, en estos años de formación canónica he podido reflexionar pausadamente sobre la cuestión y creo que mi conclusión es muy sencilla (en próxima notas lo trataré de explicar con mas detalle) El ambiente vital, por llamarlo de alguna manera, del Derecho canónico es la Teología. Si sustraes al DC de este ambiente, pierde todo su sentido y su razón de ser. Sería como un pez fuera del agua.

Por ahora dejemos las cosas de este tamaño. Trataré de explicarme con más detalle en próxima ocasiones.

jueves, 14 de diciembre de 2006

Un Maestro


Asistí a un curso de actualización sobre jurisprudencia rotal que ofrecía el Tribunal Eclesiástico de Valencia. Tres conferenciantes eran los encargados de exponer temas de interés general. Entre los expositores se encontraba mi maestro. Sin hacer comparaciones, que son del todo odiosas, mi maestro destacaba entre el panorama académico de aquel día. No es lo mismo aprenderse bien un libreto a hablar con propiedad. Esa fue la sensansión que me dió al escuchar atentamente las exposiciones. Un maestro se reconoce inmediatamente.
Conocí a mi maestro hace ya mas tres años, cuando impartía una clase sobre la Normas Generales, que es el Libro I del Código. Todos está de acuerdo que la materia tratada en dicho libro es algo árida, por no decir cansona y aburrida, pero mi maestro la daba con tanta genialidad que animaba al estudio de esos mas de doscientos cánones, como si fueran los mejores de la legislación vigente. Logró interesarme en una materia que no me gustaba en absoluto. Ese es un maestro, el que logra interesar a su auditorio en asuntos que no son de su interés.

Un maestro no es aquel que sabe el contenido de su especialidad y basta, nada más lejos que eso. Un maestro es aquel que entrega su vida en la trasmisión de la verdad. No se puede hablar de la docencia sin hacer referencia a la verdad. Un maestro de verdad es aquel que no solo describe la verdad, sino que la vive. Aquí se encuentra la diferencia. No es lo miso hablar de algo que para nada nos pertenece a hablar de algo que forma parte vital de nuestra existencia.

Mi maestro es un genio de la cononística, pone tanta pasión en cada tema que da la impresión que es el único y mejor tema nunca visto. Mi maestro entrega su vida en cada clase y su preocupación constante está en que todos aprovechemos lo mejor posible para que mañana, seamos capaces de entregar la vida igual que él.

Un didáscalo, un maestro, es alguien que sabe y que vive, las dos cosas deben estar íntimamente unidas, porque o si no se convierte en un instructor. Mi maestro sabe y vive y por eso interesa tanto su conversación porque la verdad adquiere en su labios una característica difente, se torna accesible: mi maestro es tan genial que logra hacer fácil lo dificil.

Cristo encomendó a la Iglesia tres funciones: Santificar, Regir y Enseñar, tres tareas que son trascendentales para que se cumpla su misión, son inseparables e insustituibles.

Pero la que me interesa es la función de Enseñar, en los apuntes sobre el tema mi maestro dice: "La importancia de la Función de Enseñar se deduce del lugar que ocupa la evangelización, la Palabra, en la realidad de la Iglesia y en especial en la misión de la misma". (Ignacio Pérez de Heredia)

La Iglesia se construye a través de la vida sacramental y de la escucha de la Palabra, sin estos elementos no puede haber Iglesia de Cristo, Ahora entederéis porque es tan importante la función de enseñar. Porque a través de la Palabra, la catequesis, la docencia, se trasmite la fe, se trasmite a Cristo. Cuando se enseña en la Iglesia se introduce a la persona en el Misterio de Cristo, Misterio que tiene carácter salváifico y que trasbasa los límites de la realidad humana introduciéndonos en la dinámica celestial.

En la Iglesia enseñar se parece a alguien que abre una ventana y contempla un maravilloso paisaje, la sóla contemplación ya produce un efecto en el alma del observador, la paz que produce la contemplación de la veradad (que en nuestro caso esta crucificada), después de dicha contemplación el experto en cosas divinas te da claves de interpretación de aquello que ves y de ahí en adelante serás tu quien experimente por tus propios medios el acceso a la verdad.

Por eso hay que tener mucha suerte para encontrar a la persona adecuada para que te enseñe el paisaje, no sea que te fuercen a observar lo que no tiene importancia. Que suerte he tenido en encontrar a mi maestro, porque a través de él he podido contemplar al MAESTRO que es el CAMINO, la VERDAD y la VIDA. Gracias Don Ignacio.