viernes, 14 de marzo de 2008

La misión de santificar el siglo

Los españoles están inmersos en estas últimas semanas en el proceso de la campaña electoral para las elecciones del próximo 9 de marzo. Escoger el candidato y conocer sus programas es una tarea que requiere responsabilidad y criterio. La gran mayoría de los jóvenes prefiere tomar una actitud apática e indiferente ante lo que sucede en la vida política del país. Los que ya no son tan jóvenes, tratan de asumir la responsabilidad pero muchas veces se dejan influenciar por el ambiente polémico que rodea este tipo acontecimientos, en fin, todos de alguna manera toman posición tratando de ser coherentes consigo mismos.

Hay que recordar que los cristianos estamos en el mundo con una misión específica ser luz, sal y fermento, de modo que “Brille así vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16), luz que no quiere imponerse por la fuerza, sino que presta su humilde servicio muchas veces sin hacerse notar siquiera. La responsabilidad del cristiano en el mundo presente es, por tanto, de capital importancia. No voy a entrar aquí en el tema de los criterios para tomar una decisión electoral adecuada, para eso os remito al documento de la Conferencia Episcopal Española que nos ha dado suficiente claridad al respecto. Nuestro objetivo va por otro camino, presentaros un canon del Código de Derecho Canónico tal vez desconocido para muchos de vosotros, pero que os animará a asumir con seriedad vuestro deber constitucional del voto.

El texto del canon 225 §2 dice: “Tienen también el deber peculiar, cada uno según su propia condición, de impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, y dar así testimonio de Cristo, especialmente en la realización de esas mismas cosas temporales y en el ejercicio de las tareas seculares.”

El §1 del canon dirá que este deber de los fieles cristianos laicos le viene “en virtud del bautismo y de la confirmación”, es decir, que no es un agregado a la vida de fe, sino que el deber de hacer presente en el mundo el espíritu evangélico forma parte integrante de su vida y misión, no como una táctica sociológica, sino como la forma específica de la vida de todo cristiano. Por tanto estar presente en el ámbito político, económico, científico, cultural es una tarea peculiar, propia, privativa de todos los laicos que vivimos en el mundo, pero sin ser del mundo.

Pero ¿de qué forma se debe realizar este “estar en el mundo”?: impregnando y perfeccionando el orden temporal. Las palabras tiene ya su propio peso específico, Impregnar quiere decir, según el diccionario, empapar, influir profundamente, no es sólo ofrecer un barniz que a duras penas cubra la superficie de la realidad impregnada. El cristiano debe también perfeccionar la vida del mundo. Dicha perfección tiene la medida dada por Cristo: “como es perfecto vuestro Padre del cielo”. Por tanto, un cristiano no puede ni debe vivir en el mundo de forma pasiva e indiferente, dichas actitudes van en contra de su misión más importante, llevar a los hombres a Cristo.

Ahora bien, ¿cómo se lleva a cabo este deber peculiar? El texto nos lo señala claramente “cada uno según su propia condición”. Los matrimonios, viviendo su vida conyugal según la voluntad de Dios es decir, siendo signo del amor de Cristo a su Iglesia. Recibiendo y educando a los hijos en la fe, formando los ciudadanos del mañana. Los solteros/as viviendo la propia vida laboral y profesional siendo testigos del amor de Dios a los hombres, sirviendo con generosidad y entrega en el ambiente laboral. Los jóvenes educándose con responsabilidad para formarse adecuadamente en el ambiente científico y cultural, siendo la alegría y la esperanza de un mundo mejor. Los acianos viviendo la madurez de la fe y trasmitiendo la experiencia que dan los años. Los investigadores, impregnando del verdadero humanismo las labores científicas, persiguiendo la verdad que nos hará libres. Resumiendo, viviendo en medio de las realidades diarias como lo haría Cristo, “amando a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).

Y muchos se preguntarán ¿qué tiene que ver todo esto con las próximas elecciones en España? Si tenemos el deber de impregnar y perfeccionar las realidades temporales, alguien que tiene que tomar la decisión de elegir a un candidato para que ocupe la presidencia del gobierno, lo hará con seriedad y responsabilidad, buscando en sus programas las propuestas que mejor defiendan el bien común y la verdadera justicia social. Pero también estamos llamados a impulsar y animar a aquellos fieles cristianos laicos, que se sienten llamados a intervenir en la vida política de su país y por que no, presentando su nombre y sus propuestas a la opinión pública. Estoy convencido que ahora más que nunca, se requieren políticos cristianos que estén dispuestos a ofrecer sus capacidades y conocimientos en un sector tan difícil pero a la vez tan influyente en la vida de una nación.

lunes, 4 de febrero de 2008

Spe Salvi, una Escuela para aprender la Esperanza Cristiana

Quienes hemos seguidos la larga producción teológica del Papa Benedicto XVI estamos acostumbrados a la sencillez del lenguaje a la vez que conectamos con la profundidad de sus ideas. La nueva Encíclica no es excepción. Hablar sobre la Esperanza Cristiana en medio de una sociedad que ha perdido el sentido de la trascendencia y solo vive el “aquí” y el “ahora” ensancha el horizonte que la mentalidad antedicha ha tratado de sellar a cal y canto. Para qué invitar a los hombres a mirar al cielo como esperanza de vida si tiene lo que quiere aquí en la tierra. De alguna manera pensamos como lo hacía el ya acabado comunismo: pongamos una bóveda de cemento encima de nuestras cabezas, así nos comprometeremos con nuestros semejantes y haremos de este mundo algo más solidario. Pero éste idea resultó ser del todo desastrosa. Los países comunistas comprobaron en carne propia: un hombre sin esperanza no vive, no se compromete, ni mucho menos es solidario. Si vivimos sólo para esta tierra, pues no vale la pena sacrificarse por nada.

Es difícil seleccionar algo en concreto de lo que el Papa dice en el texto recién publicado, pero me gustaría detenerme en el punto número 33 de la Encíclica que dice lo siguiente:
“Agustín ilustró de forma muy bella la relación íntima entre oración y esperanza en una homilía sobre la Primera Carta de San Juan. Él define la oración como un ejercicio del deseo. El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. « Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don]».

Agustín se refiere a san Pablo, el cual dice de sí mismo que vive lanzado hacia lo que está por delante (cf. Flp 3,13). Después usa una imagen muy bella para describir este proceso de ensanchamiento y preparación del corazón humano. « Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? » El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos destinados.

Aunque Agustín habla directamente sólo de la receptividad para con Dios, se ve claramente que con este esfuerzo por liberarse del vinagre y de su sabor, el hombre no sólo se hace libre para Dios, sino que se abre también a los demás. En efecto, sólo convirtiéndonos en hijos de Dios podemos estar con nuestro Padre común. Rezar no significa salir de la historia y retirarse en el rincón privado de la propia felicidad. El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás. En la oración, el hombre ha de aprender qué es lo que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios. Ha de aprender que no puede rezar contra el otro. Ha de aprender que no puede pedir cosas superficiales y banales que desea en ese momento, la pequeña esperanza equivocada que lo aleja de Dios. Ha de purificar sus deseos y sus esperanzas. Debe liberarse de las mentiras ocultas con que se engaña a sí mismo: Dios las escruta, y la confrontación con Dios obliga al hombre a reconocerlas también. « ¿Quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta », ruega el salmista (19[18],13). No reconocer la culpa, la ilusión de inocencia, no me justifica ni me salva, porque la ofuscación de la conciencia, la incapacidad de reconocer en mí el mal en cuanto tal, es culpa mía. Si Dios no existe, entonces quizás tengo que refugiarme en estas mentiras, porque no hay nadie que pueda perdonarme, nadie que sea el verdadero criterio. En cambio, el encuentro con Dios despierta mi conciencia para que ésta ya no me ofrezca más una autojustificación ni sea un simple reflejo de mí mismo y de los contemporáneos que me condicionan, sino que se transforme en capacidad para escuchar el Bien mismo”.

El contexto de este punto 33 al que tratamos de acercarnos un poco más, hace referencia a los lugares donde se puede aprender la Esperanza, en primer plano el Papa nos propone la Oración “como escuela de la esperanza”. En el número anterior la certeza de la compañía de Dios en la oración encuentra una nueva forma de expresión, la oración espera lo que suplica, “El que reza nunca está totalmente solo…” no hace el Papa un tratado sobre la oración, solo la pone en contacto con la esperanza de una manera muy sencilla y fácil de entender.
Pero entremos ya en materia y resaltemos las ideas que destacan:

Siguiendo las enseñanzas de San Agustín, el Papa definirá la esperanza como “el ejercicio del deseo”. Relacionar la esperanza con el deseo resulta ser muy beneficioso para nuestro entendimiento. Captamos mejor las acciones de los verbos que las demás formas gramaticales. Desear es un movimiento del alma hacia lo que le apetece, es un movimiento afectivo. De alguna manera hay que amar lo que se desea, esta forma de amar va unida al anhelo vehemente. El que desea no posee ya lo que desea, sino que lo anhela, lo espera. La oración será por tanto el ejercicio del alma que busca poseer lo que desea. Así las cosas, la oración, que el Obispo de Hipona pone ante nuestros ojos, es una forma activa esperar, es un “ejercicio” de amar (desear) a Dios, que no se posee en plenitud.

Nuestro ser está limitado por la fragilidad humana, herida por el pecado, ama (desea) de forma imperfecta, limitada si cabe. En nuestro corazón, afirma el santo, es estrecho para contener lo que se le entrega, por eso Dios retarda su don para ensanchar el deseo que a su vez ensancha el corazón para hacerlo capaz de Él. Ensanchar, dilatar, extender, aumentar la anchura. Nuestro corazón se acostumbra a contener cosas muy pequeñas, sentimientos, sensaciones, afectos, buenos todos pero que no logran colmar nuestro deseo de amor. Algunos lo llaman el “vacío afectivo” que todos llevamos en nuestra vida y que buscamos llenar con las cosas de este mundo (bienes, amores, sexo, poder, entre otras cosas). Lo malo no es la búsqueda desordenada de estas cosas, sino que ellas no “sacian”, al contrario empequeñecen nuestra vasija y la hacen incapaz de contener nada más. Dios, retardándose, ensancha el corazón, ayudando a vaciarnos de estas cosas y aumenta el espacio en el alma. La esperanza servirá pues de “dilatador” del alma estrecha por la pequeñez de las cosas que contiene.

Y lo mejor de este número es la sencilla y cotidiana imagen del vinagre y la miel. Los acontecimientos de la vida llenan la existencia de vinagre: los miedos, las inseguridades, los fracasos, los rechazos, los pecados, los errores, la muerte. Factores que producen vinagre en mayor o menor cantidad según la propia experiencia. Los odios, los rencores, la búsqueda de la propia satisfacción, en fin, la lista podrías ser infinita de los grandes productores de vinagre. La miel, sin embargo es mucho mas escasa, se requiere trabajo y esfuerzo para producirla (sino que se lo pregunten a las abejas). Cuando el cristiano tiene un encuentro personal con el amor de Dios a su vida, se percata que su vasija ha sido un buen productor de vinagre que le ha amargado la existencia y que los momentos de dulzura han sido escasos. Dice San Agustín que “Dios quiere llenarte de miel”. Desea Dios nuestra felicidad más que nosotros mismos. La ternura de Dios hacia su creatura no tiene límite, el salmista lo afirma categóricamente “siente el Señor ternura por su fieles, por los que esperan en su misericordia”. Nuestras miserias nos ha producido amargura. En donde pensábamos que nuestras expectativas se podrían saciar, en realidad solo hemos cosechado amarguras. Esperar en la misericordia de Dios, en anhelar ser “vaciado” del vinagre de nuestros pecados y recibir la ternura de Dios que es su misericordia. San Pedro experimentó es su carne lo que significa este vaciamiento: con la mirada de amor de su Maestro su corazón se vació del vinagre de la traición y se lleno de la miel de la ternura de Jesús que lo “amó hasta el extremo”. En la escuela de la esperanza, Dios nos enseñará a vaciar el corazón para llenarlo de su presencia amorosa que colma todos los anhelos del hombre de todos los tiempos.
El Papa nos advierte que el trabajo de eliminar el vinagre para que Dios nos llene de la miel de su ternura es un “esfuerzo” que muchas veces resultará “doloroso”. Tenemos una idea muy elevada de nosotros mismos y creemos, pensamos que somos unas buenas abejas que vamos produciendo miel y repartiéndola a los que nos rodean, pero en realidad la miel que producimos es muy poca comparada con la cantidad de vinagre que mana del corazón. Casi nos tienen que obligar a entrar en nosotros mismos. Por propia voluntad viviríamos todo el tiempo fuera de nuestra vida, alienados en las diversiones externas. Dios nos ayudará en la escuela de la esperanza a aprender a conocernos y aceptarnos,:necesitados y limitados. Doloroso resulta el esfuerzo de sacar de la vida el vinagre producido para dejar el espacio a la miel. No es necesario recordar que la miel no se produce de forma silvestre sino que es un don de Dios, la miel es de Dios no es nuestra. Por lo tanto si algo de dulzura tenemos no es producción propia. Doloroso resulta aceptar esto, más cuando nos bombardean con los engañosos sofismas de la “autoestima”. La mejor estima es la que Dios tiene hacia nosotros, entregándonos a su hijo “en propiciación por nuestros pecados”.

El Papa termina el número 33 enseñándonos a rezar. Sus propuestas no son abstractas sino que nos invita a purificar las actitudes concretas a la hora de entablar un dialogo con Dios. En resumidas cuentas nos invita a tener en cuenta que:
No se puede rezar contra otro
No se puede pedir cosas superficiales y banales
Hay que liberarse de las mentiras ocultas con las que nos engañamos a nosotros mismos (tener conciencia de las propias limitaciones). Como ejemplo la oración del publicano en el templo.
Hay que escuchar al Bien mismo en lo íntimo de la conciencia.
Que esta pequeña aproximación os anime a leer la encíclica y dejaros sorprender por ella, no vale darse por bien servidos leyendo estas líneas. El que lo haga que sepa que se pierde de un magnífico texto que le ayudará a encontrase con la dulzura de la miel del amor de Dios manifestado en su Hijo Jesucristo.

El matrimonio cristiano

Los tiempos actuales apremian a los cristianos a revisar las concepciones sobre el matrimonio cristiano. No para cambiar sus fundamentos teológicos sino para revivir las verdades que desde siempre ha defendido la Iglesia con el fin de dar sentido a la realidad conyugal, que desde siempre ha existido. La crisis actual que atraviesa el matrimonio y la familia fue muy bien definida por el Papa Juan Pablo II en el discurso ala Rota Romana del 1 de febrero de 2001, en aquella ocasión el pontífice decía: “Uno de los desafíos más arduos que afronta hoy la Iglesia es el de una difundida cultura individualista que, como ha dicho muy bien monseñor decano, tiende a circunscribir y confinar el matrimonio y la familia al ámbito privado”.

¿Cuáles son las consecuencias de dicha privatización? Que cada persona puede configurar a su acomodo lo que piensa que es un matrimonio: facilidad de disolución, exclusión de los hijos, intereses personales. La finalidad del matrimonio en el panorama actual podría definirse como la búsqueda de la satisfacción afectiva sin tener en cuenta la necesidad de entregarse. La peor crisis del matrimonio radica en esto, cuando los conyugues no están preparados para amar a la otra persona por encima de sí mismo.

Una de las mejores definiciones de matrimonio la encontramos en el Código de Derecho canónico que repite la que dio el Concilio Vaticano II en la Constitución Gauden et Spes. Leamos el texto del Código, canon 1055 P1. “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados”. Sobre este canon se han escrito bibliotecas enteras porque el legislador ha condensado es pocas frases toda al teología al respecto. Sería muy largo de comentar este canon en tan pocas líneas por lo que me limitaré a subrayar brevemente algunas cosas. Un detalle curioso antes de entrar en materia, en el código de 1917 no contenía ninguna definición del matrimonio. En aquella época no era necesario, todos lo tenían bien claro, la sociedad de la época no dudaba en qué consistía el matrimonio, parece que ahora si lo necesitamos.

El matrimonio es definido por el legislador primeramente como una ALIANZA, quedan atrás la viejas discusiones sobre si es un contrato o una institución y el legislador recurre a una palabra muy bíblica además que expresa muy bien los que significa el matrimonio cristiano. Una alianza implica la unión de dos voluntades libres para un mismo fin. Lo primero que hay que subraya es la necesidad de la libre voluntad y otra cosa más al respecto, la voluntad interna debe coincidir con la manifestación externa de dicha voluntad. Sucede muy a menudo en nuestra condición humana, que simulamos, no siempre las cosas que queremos son las que decimos. Si el matrimonio lo constituye el consentimiento matrimonial, es decir la expresión pública de un deseo interno, entonces esta idea de la alianza resulta iluminadora para entender esta realidad natural.

Ahora veamos los elementos esenciales:

- consorcio para toda la vida
- entre un hombre y una mujer
- ordenado por su índole natural para: el bien de los cónyuges yla generación y educación de lo hijos

Solo voy a detenerme un momento en los fines del matrimonio, para que nos quede claro que no se puede cargar las tintas en ninguno de los dos por separado, la finalidad del matrimonio no es solamente la procreación, como se ha señalado con insistencia para contradecir la separación entre sexualidad y procreación. El matrimonio tiende también a propiciar el bien de los esposos. Habría que definir en qué cosiste este BIEN del que habla el canon. Baste con decir que el bien al que tiende todo cristiano es la unión con el creador, es decir la salvación traída por el misterio pascual de Cristo. Los esposos, a través de la alianza nupcial se unen al misterio de Cristo a través del amor conyugal a través de la cual se entregan y se reciben el uno al otro a la medida del don de la gracia, es decir amándose cono Cristo ha amado a la Iglesia, “hasta el extremo” Pero no olvidemos que el siguiente fin del matrimonio es la GENERACIÓN y EDUCACIÓN de los hijos. A los novios en el día de su boda, el ministro de la iglesia les pregunta en el interrogatorio previo al consentimiento “estáis dispuesto a recibir generosamente los hijos y a educarlos según la ley de Dios y de la Iglesia”. Esta generosidad de los esposos debe incluir también la responsabilidad, aquella que Pablo VI llamó tan sabiamente “paternidad responsable”, pero este no es el momento de hablar de ello. Solo decir que el matrimonio cristiano hace presente en el mundo el amor generoso y desinteresado que Cristo tiene por la humanidad entera, que se entrega a cada ser humano sin medida ni reserva, sin esperar nada a cambio.

Para concluir nada mejor que unas palabras de Juan Pablo II en el discurso a la Rota Romana ya citado, no se me ocurre una mejor forma para acabar este artículo: “Bastará recordar que tampoco el matrimonio escapa a la lógica de la cruz de Cristo, que ciertamente exige esfuerzo y sacrificio e implica también dolor y sufrimiento, pero no impide, en la aceptación de la voluntad de Dios, una plena y auténtica realización personal, en paz y con serenidad de espíritu”.

miércoles, 1 de agosto de 2007

EL LATIN EN LA MISA ¿UN PASO ATRÁS?


Hace relativamente poco el Santo Padre hizo público un Motu Proprio por que autoriza la celebración de la Eucaristía utilizando el misal promulgado por Juan XXIII. Muchas voces se han levantado alarmando a los fieles sobre un posible retroceso en el camino de renovación litúrgica ya recorrido, que el Papa quiere volver a los usos de latín solo para echar por tierra el Concilio Vaticano II. Nada más lejos de la realidad. El que conozca un poco de la historia de este problema sabrá que este es un estupendo paso adelante en el interés ecuménico del Papa por lograr la unidad.


Es de todos conocido el doloroso cisca provocado por un obispo francés, que, apartándose de la renovación teologico-litúrgica del Concilio, quiso llevar adelante la vida espiritual de una porción del pueblo de Dios que no se encontraba a gusto con lo sucedido en la Iglesia. El cisma lefreviano golpeó duramente la vida de la Iglesia, cuando su causante ordenó sin mandato pontificio u dos obispos para darle continuidad a dicho movimiento.


Los trabajos vaticanos por hacer que Lefevre no hiciera dicho acto fueron incesantes, incluso el Papa había aceptado darle un obispo a dicha comunidad para que la ordenación se hiciera según el CIC, pero la comunicación entre la Santa Sede y Lefevre poco éxito tuvo. Se celebró la ordenación episcopal irregularmente y la sanción era de esperarse, excomunión para los ordenantes y los ordenados.


Este doloroso momento llevo consigo ciertas consecuencias. No se veía muy bien que algún sacerdote católico o algún grupo de fieles plantease la posibilidad de celebrar la liturgia por el misal anterior -aunque dicho sea de paso nunca fue derogado- dicha petición se relacionaba con las actitudes cismáticas de Lefevre. Muchas veces este prejuicio causó serios daños a la plena comunión de algunos fieles.


La disposición pontificia de la que estamos hablando echa por tierra dichos prejuicios y abre la puerta a que cualquier sacerdote con un grupo de fieles celebren la Eucaristía sin ningún problema, utilizando el misal anterior a la reforma.


Es muy sugerente la expresión que utiliza el papa: "el Misal Romano promulgado por San Pío V y nuevamente por el beato Juan XXIII debe considerarse como expresión extraordinaria de la misma "Lex orandi" y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo..." Las palabras no podría expresar mejor el contenido de esta verdad. La misión específica del oficio primacial es el de garantizar la unidad, en la fe, en los sacramentos y en el régimen eclesiástico, como expresiones positivas del plena comunión con la Iglesia católica. Por tanto el uso de dicho misal debe considerase como una expresión EXTRAORDINARIA, de la lex orandi, que configura la unidad en el lo que se ora en la Iglesia Universal.


Ninguna forma de actuar en la Iglesia es desechada y considera mala solo porque ha cesado su uso por el cambio de los tiempos, sino que entra formar parte de lo que llamamos en la Iglesia la TRADICIÓN, de la que se saca siempre las mejores lecciones para el futuro.


Por tanto, permitir la celebración de la Eucaristía según el misal de Pío V sin tener que pedir permiso a la Santa Sede expresa de la mejor forma la idea antedicha. Esto nos debe enseñar a que la Iglesia nada se destruye como malo, solo porque los tiempos hayan cambiado y requieran nuevas formas de acercar la verdad de Cristo a los hombres.


La fe de la Iglesia se hace presente de manera peculiar en la celebración eucarística en la que se puede expresar comunión de los fieles, por tanto, si para ello ayuda la forma como se celebre, no hay que ahorrar esfuerzos para llegar a dicha meta.

lunes, 19 de marzo de 2007

¿SOMOS TODOS IGUALES EN LA IGLESIA?


“Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo” (canon 208)

En esta ocasión echaremos un vistazo al c. 208 que explica muy bien el c. 204 al que hemos dedicado nuestra atención últimamente. Estos cánones están sacados, casi literalmente de dos textos conciliares: Lumen Gentium 32 y Gaudium et Spes 49, 61. El cano quiere ser la traducción a lenguaje jurídico de la idea que tiene la Iglesia sobre sí misma. Pero vayamos a los textos del Vaticano II y admiremos su riqueza en tema tan importante, la igualdad de los files en la Iglesia:

“Por designio divino, la santa Iglesia está organizada y se gobierna sobre la base de una admirable variedad” (LG. 32). Ya tenemos dos elementos a destacar; la variedad de condiciones y vocaciones en la Iglesia ha sido querida por Dios, y que el gobierno también es de institución divina. Esto quiere decir que en estas cuestiones la Iglesia no tiene potestad de cambiar nada. Las voces que surgen siempre sobre la necesidad de democratizar el gobierno, con la idea errónea de hacerlo más participativo, no tienen claro que la constitución jerárquica de la Iglesia le viene dada por Dios y no como un simple resultado de la organización humana.

Cuando San Pablo comparó a la Iglesia con el cuerpo introdujo un concepto nuevo de entender el poder, este como servicio. La diversidad de miembros unidos por una compleja red de relaciones de necesidad, hace que el cuerpo viva y desarrolle todas sus capacidades. Cuando el cerebro gobierna las funciones de cada parte del cuerpo, no lo hace con interés propio, ni despóticamente, sino que gobierna en pos del bien común. Genial fue la idea paulina de pensar la Iglesia de esta manera.

“Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo” (LG,32c). Dos temas a destacar de esta frase conciliar: la dignidad de todos los fieles y la regeneración en Cristo. Hay en la Iglesia una verdadera igual de todos sus miembros en virtud de su dignidad, pero estoy muy seguro que hablamos mucho de ella pero poco sabemos en qué consiste. La dignidad a la que se refiere el texto hace referencia a la adopción filial recibida en el bautismo. En virtud del sacramento Dios nos hace hijos suyos. Parecen palabras ya conocidas, pero nunca tomadas en serio. La dignidad humana no es un elemento externo a él, sino que le viene dado desde el miso momento de la creación, porque Dios ha querido crearnos “a su imagen y semejanza” (Gn 1,26). Además hechos sido hechos partícipes de la muerte y resurrección de Cristo y por tanto miembros de su cuerpo. Pero nuestra dignidad radica fundamentalmente en que “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios” (GS. 18). Bellamente lo explicaba Santa Catalina de Siena: “¿Qué cosa o quién, fuel el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar de tu Bien eterno” (Diálogo 4,13).

El Concilio ha elencado los términos de dicha igualdad: “… común la gracia de la filiación, común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad” (LG. 32c), creo que con estas palabras tenemos suficiente información al respecto.

Vamos a detenernos por ahora en este punto, nos quedan en el tintero varios asuntos de este canon: La igualdad de la acción de los fieles en la Iglesia, la propia condición y oficio y la cooperación en la edificación del Cuerpo de Cristo. Temas estos que trataremos en la próxima oportunidad.

domingo, 25 de febrero de 2007

EN PLENA COMUNIÓN CON LA IGLESIA


Abordaremos un tema que cobra cada vez mayor actualidad en medio de esta sociedad post-moderna que vive el cristianismo como si sólo fuera un barniz exterior, con el cual se pude hacer algún tipo de trato para dar realce a algunas celebraciones (los bautismos y las bodas) o para de vez en cuando ir a despedir a una familiar o algún amigo (funerales) o simplemente para ir a visitar sus templos como si fueran museos o se han vuelto espectaculares saleas de banquetes, como sucede con muchas capillas de antiguos monasterio que han caído en manos de “particulares”; en fin, todos conocemos de sobra lo que pasa en nuestro tiempo.

Adentrémonos en el canon 205. Os invito a leer el texto muy despacio, veréis como afloran inmediatamente los temas de los que hablaremos hoy: “Se encuentran en plena comunión con la Iglesia Católica, en esta tierra, los bautizados que se unen a Cristo dentro de la estructura visible de aquélla, es decir, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos y del régimen eclesiástico”.

Lo primero que salta ala vista son dos palabras que hay que entender muy bien PLENA COMUNIÓN, son ellas la clave de interpretación de todo el texto del canon. Muchos ya se preguntarán ¿qué significa estar en plena comunión? Plena, completa, llena; lo contrario de parcial, incompleto, vacío. La unión con Cristo exige que nuestra vinculación con su cuerpo sea de esta manera. No se puede estar dividido o tener reservas. En este punto si que no hay término medio, o se es o no se es. La comunión ha sido muy mal entendida, sobre todo después del Concilio. La comunión en la Iglesia va mucho más allá que una simple adhesión afectiva, al contrario, involucra todo nuestro ser, intelecto y voluntad. Estos tres elementos debes coincidir unánimes en la unión que es común unión. Así lo ha querido Dios, que caminásemos unidos en un “pueblo”, no separadamente, cada uno por su lado buscándose la vida, sino pensó en la Iglesia como una unión de personas concretas, servidas por al jerarquía y alimentada por los dones sagrados del Espíritu Santo.

Algunos pensarán que está íntima unión debe ser con Cristo y no con un instrumento tan frágil como lo es la Iglesia. Pero San Agustín nos ayuda a clarificar este concepto cuando dice “…la Iglesia nada puede hacer sin Cristo, pero Cristo nada quiere hacer sin su Iglesia”. Por tanto es voluntad divina que los cristianos expresen, por decirlo de alguna manera, su unión con la cabeza, a través de la “Iglesia católica, en esta tierra”. Es una Iglesia concreta, no es una idea abstracta, sino que está “en esta tierra”, a través de personas concretas, de instituciones concretas, en una palabra, que se puede ver, sentir y oír. No hay que olvidar que también existe la Iglesia del cielo, aquellos hermanos nuestros que nos han precedido en el “signo de la fe”.

Todo lo anterior ha enmarcado muy bien lo que viene a continuación, que puede sonar a algo organizativo: dirá el canon que se encuentran en plena comunión con la Iglesia católica, en esta tierra, “los bautizados”, por tanto, tenemos aquí ya el elemento constitutivo, lo que configura y da consistencia a la comunión eclesial: el sacramento del bautismo. Quiero que nos demos cuenta de una cosa muy importante, en canon no distingue en este momento los diferentes “modos” de ser en la Iglesia, es decir clérigos, laicos y religiosos, sino que se refiere a todos por igual. La exigencia de la comunión plena no es mayor para algunos y algo atenuada para otros. Por el bautismo todos estamos llamados a hacer unir nuestra inteligencia, voluntad y afectividad a Cristo, a través de una “estructura visible”.

Concluye el canon describiendo cuales son los elementos de esa “estructura visible antedicha.:El primero de ellos la PROFESIÓN DE FE, es vital para el cristiano la comunión en lo que cree y para ello la Iglesia a través del Romano Pontífice, le brinda un servicio de garantía, es decir, que la Iglesia, a través del papa y de los obispos, garantizan a cada cristiano de cualquier tiempo y de cualquier cultura, que lo que le ha enseñado a través de la instrucción catequética, es conforme a la verdad revelada por Dios en la Escritura. Los SACRAMENTOS. Signo visible de la unión con Dios, los sacramentos expresan la fe antedicha. Por tanto, no puede haber un católico que diga que vive la fe de la Iglesia expresada en la profesión de fe y que no viva los sacramentos. Es una contradicción “in términis” es decir en sí misma. Los sacramentos, y aclaro TODOS los sacramentos, son necesarios para la salvación. Por tanto no pueden surgir dudas sobre la necesidad de celebrar cada uno de ellos, en el momento conveniente y necesario. Y por último el RÉGIMEN ECLESIASTICO. Decía San Juan de la Cruz, “para ir a donde no se sabe, hay que ir por donde no se sabe”. Por eso la Iglesia es Madre y Maestra, decía Juan XXIII. SI vamos a donde no sabemos, necesitaremos a alguien que nos indique el camino. La iglesia nos presta este servicio a través de sus normas. Ella no quiere ser más que la concretización de la voluntad de Cristo, de conducir a todos al padre.

En conclusión. Un cristiano no puede vivir plenamente la comunión en la Iglesia cuando no se apoya en este trípode sobre la que se apoya. No son auténticas, por tanto, aquellas expresiones que se oyen con frecuencia: Cristo si la Iglesia no, o yo creo en Dios pero no los curas, o esta otra que es del todo inaceptable: yo soy cristiano, pero no practicante, es decir no voy a misa ni frecuento los demás sacramentos. Viviendo así nuestra la salud de nuestra vida interior corre serios riesgos. Cristo ha querido que vivamos unidos a la Iglesia, ya que ella es en el mundo “como un sacramento de salvación” (Lumen Gentium 1).

jueves, 18 de enero de 2007

LA MISIÓN DE LA IGLESIA


En el siglo XIX, un autor protestante Rodolph Sohm, sostenía su teoría de la inconveniencia del Derecho en la Iglesia sobre dos premisas: la primera: una valoración autónoma de la libertad humana: nadie puede intervenir en la relación personal y privada de Dios con cada persona. La fe, vista así, se convierte es una relación intimista entre Dios y yo, sin ninguna connotación comunitaria, por tanto no cabe en este tipo de Iglesia ningún ordenamiento externo que imponga comportamientos ajenos a la propia conciencia. La segunda: una concepción demasiado positivista del derecho, es decir, el ordenamiento canónico no es más que una invención humana sin ningún sustento en la Revelación.

El lector se preguntará ¿y para donde van con todo esto? La respuesta es muy sencilla: los que piensan que el Derecho Canónico sólo es una tediosa y desespiritualizada forma de estudiar la legislación vigente de la Iglesia, se equivocan del todo. Para daros una pequeña muestra, vamos a dar un pequeño paseo por algun canon, que a nuestra humilde opinión, son unas perlas tanto por la belleza de su composición como por la profundidad del contenido.

El canon 204 parágrafo 1 ofrece una definición concreta y precisa sobre lo que es un fiel cristiano; dice el texto: “Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios, y hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo”. Si leemos atentamente el texto, saltan a la vista inmediatamente algunos de los grandes temas de la Constitución Dogmática, Lumen Gentium del Concilio Vaticano II: La Iglesia como Pueblo de Dios, el sacerdocio común de los fieles.

Libro II del Código, al que peretenece este canon tiene un título muy sugerente: Del Pueblo de Dios y sigue a los riquísimos textos de la Lumen Gentium Nos. 9 – 17. Si el lector quiere deleitarse con una lectura atenta de los textos conciliares, no perderá el tiempo. Bástenos por ahora elencar algunos trozos que de alguna manera inspiraron la composición del canon en cuestión.

“…fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente…” (LG. 9);

“Los bautizados, en efecto son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezca sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz…”(LG.10);

“Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana y, regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia” (LG:11).

El canon empieza diciendo “Son fieles cristianos quienes, INCORPORADOS a Cristo…” Tenemos aquí ya un criterio de pertenencia, se es fiel cristiano por un admirable designio de Dios que ha querido unirnos a su Hijo. IN-CORPORADOS; la palabra en sí misma ya es sugerente, somos hechos cuerpo. San Pablo desarrollará esta idea del cuerpo de Cristo (1Co 12,12-29), pero fijemos nuestra mirada en el 1Co 12,27: “Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno a su modo”. No es por tanto una invención del Concilio, ni un juridicismo de la Iglesia cuando se afirma, que por el bautismo se pertenece a la Iglesia de Cristo, que es su cuerpo. Esta incorporación no es un acto privado entre el sujeto y Dios, sino que se integra en una comunidad de fieles que se constituyes unos miembros de otros.

“…Se integran en el Pueblo de Dios…” El concilio ha delineado una nueva manera de ver el rostro de la Iglesia. Aunque la imagen del Pueblo de Dios hunde sus raíces en el AT, su utilización en la eclesiología trae consigo connotaciones teológicas muy importantes: Ya no se piensa tanto la Iglesia como una “sociedad perfecta”, y por tanto estratificada según el “modo” de ser en la Iglesia, sino que se subraya la “igualdad radical”. Esto no quiere decir la desvirtualización del carácter jerárquico de la Iglesia, Dios nos libre. Esto quiere decir que todos los fieles: clérigos y laicos, compartimos una igualdad en la raíz: Por el BAUTISMO somos todos INCORPORADOS a Cristo y miembros del único pueblo de Dios, que es su Iglesia, más concretamente, somos todos iguales en DIGNIDAD y ACCIÓN.

“…y hechos partícipes A SU MODO por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición…” Se aborda aquí el importantísimo tema del sacerdocio común de los fieles. Será tema de otro artículo; baste por ahora sugerir al lector se remita al número 11 de la Lumen Gentim, allí encontrará claramente expuesto lo que piensa la Iglesia al respecto. Pero si queremos subrayar dos aspectos: el texto dice “cada uno”, individualiza la participación del fiel en este sacerdocio bautismal, no es una característica de algunos pocos, sino que involucra a todos los bautizados, no importando su condición social, ni si estrato económico, ni si es hombre o mujer, etc. Dios ha querido la diversidad en su pueblo. Diversidad de culturas, de razas, de colores y ha querido hacer partícipe a cada uno de este don inmenso del bautismo. No somos, por tanto, en la Iglesia un número anónimo, ni una masa informe, cada uno de los miembros es querido y pensado por Dios en su designio salvífico. Otro aspecto que quisiéramos remarcar es aquello de “según su propia condición”, se incluye aquí un criterio diferenciador, esto quiere decir que hay diferentes “condiciones” de pertenecer a este pueblo, nos encontramos con la diferencia esencial. El Ministerio ordenado se diferencia ESENCIALMENTE del sacerdocio común de los fieles y no sólo en grado. El número 32 de la ya citada Constitución Dogmática explicará bellamente esta diferencia, a ella nos remitimos.

Y por último termina el texto del canon señalando que “…son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo”. Por tanto, la pertenencia de cada fiel a la Iglesia no se realiza exclusivamente para su propia salvación personal, como un seguro de vida, o como la única tabla de salvación. El bautismo implica para el fiel cristiano una misión que cumplir, no se bautiza a alguien para sí mismo; el cristiano es un ser en misión. Y esta misión no es encomendada en virtud de los méritos personales, sino que mira a cumplir aquel encargo recibido en el monte de la Ascensión: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…” este mandato lleva en si una promesa, que es lo que garantiza que esta misión no es invento de la Iglesia: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,16ss).